POR EL TREVENQUE

- - - Vista del Trevenque desde el Hervidero - - -Fue en el Trevenque cuando conocí a un montañero, que al igual que a mí, también gustaba de andar solo por esos mundos de montes y senderos, subiendo y bajando cerros. Era una mañana del mes de mayo, con un calor que anticipaba el verano; me aproximaba por los secos y arenosos accesos que llevan hasta la falda de la reina de la montaña baja, así llamada por algunos por ser el pico más alto de todas las sierras que rodean las altas cumbres de Sierra Nevada, dos mil setenta y tantos metros de altitud.
Sería por el calor que ese día no me crucé ni de lejos con ningún alpinista cuando me disponía a hacer la empinada y dura subida a la encrespada cima del Trevenque. Quizá la soledad del lugar hizo que encontrara el mayor número de ejemplares de cabra montés que nunca había visto, corrían y saltaban con agilidad por los peligrosos riscos como si de un valle se tratara, mientras yo, pasito a pasito, despacito-despacito, iba ganando altura por aquel zigzagueante y pendiente senderillo que mira hacia Granada, entre rocas y abulagas, que más de una vez sientes sus afilados pinchos en las manos al tratar de sujetarte en el resbaladizo andar. Al final, haciendo un pequeño rodeo por el lado sur, llegué a lo más alto de la cima. En la cumbre, después de serenar el jadeante respirar, me dispuse al obligado rito de contemplar las vistas que desde allí se divisan. Aquel lugar es un púlpito ideal para ver las cercanas y altas lomas aún con nieve de Sierra Nevada, desde los Peñones de San Francisco hasta el Pico del Caballo, con una deslumbrante y cegadora luz, pues en aquellas horas del día el sol refleja intensamente sus rayos sobre la nieve que se derrite. Mirando esa panorámica el Trevenque se empequeñece, sin embargo, al mirar al lado contrario, se ufana de su dominio sobre todas las cumbres cercanas que lo rodean, desde el Pico de la Carne y Boca de la Pescá hasta los escarpados Alayos. En esa posición me dispuse a descansar y tomarme un pequeño bocadillo mientras miraba sentado el itinerario por donde había venido. Cuando pensaba que la soledad me iba a acompañar toda la mañana, observé en la lejanía que alguien se acercaba y se disponía a subir, esperé su llegada a la cumbre antes de marcharme. Andaba con soltura y agilidad, y cuando estaba más cerca vi que tenía poco pelo y no era muy alto pero de complexión fuerte. Pronto alcanzó la cúspide y nos saludamos y presentamos mutuamente, después estuvimos un buen rato conversando sobre temas montañeros, con esa camaradería propia de todos los que se ven en lo alto de las montañas. Al llegar el momento de bajar él dijo que lo haría por el collado que va a la Cortijuela y yo le contesté que lo haría por el lado contrario, hacia el cortijo de Rosales. Nos despedimos y cada uno tiró para un lado.
No lo volví a ver hasta el año siguiente y en parecidas circunstancias, en lo alto del Pico de la Carne. Después lo vi por la Alfaguara y en otros puntos que ahora no recuerdo, pero siempre igual, muy de tarde en tarde y saludándonos afectuosamente y con naturalidad, como si nos hubiéramos visto el día anterior, para después seguir cada uno por distinta dirección. Seguramente pronto lo veré otra vez, pues hace más de un año que no hemos vuelto a encontrarnos. Cosas así suelen pasar en un caminar solitario.
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Los Alayos desde el Trevenque

1 comentarios:
bonita historia.
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