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viernes, 14 de junio de 2013

TEATRO ROMANO DE ILIBERIS

Amaneció un hermoso día y apetecía salir, decidí subir por la Cuesta de San Ildefonso y las Veredillas de San Cristóbal hasta el mirador del mismo santo. Después de contemplar la leve bruma que envolvía la colina de la Alhambra y que se extendía hasta la vega como un suave manto blanquecino, la ligera y fresca brisa fue limpiando poco a poco la atmósfera y permitiendo distinguir cualquier detalle en toda la panorámica. Continué mi paseo por San Bartolomé hasta salir a Pagés y tomar la cuesta de San Gregorio Alto, atravesé la Plaza de la Cruz de Piedra y me dispuse a subir hasta el cerro del Aceituno, junto a la ermita de San Miguel. Desde allí el panorama se ensanchó e invitaba a hacer un recorrido visual desde Sierra Nevada hasta los confines de la Vega, más allá de Sierra Elvira, donde un punto blanco encaramado en un lejano risco sugería que se trataba del Castillo de Moclín, no en vano había servido en la antigüedad para recibir y transmitir señales desde la Torre de la Vela.
Pero he aquí mi sorpresa al pasar la vista por el cercano Albaicín que desde mi posición dominaba a la perfección, justo por las Veredillas de San Agustín y el Carril del mismo nombre que forma un semicírculo que rodea un hermoso Carmen. Justo en esa finca acababan de remover tierra y desbrozar el abundante follaje que dejaba al descubierto lo que siempre había intuido: los restos del teatro romano del antiguo Municipium Florentino Iliberritanum…
Desperté con dolor de cabeza mientras la lluvia se deslizaba abundante por los cristales del ventanal…, sentí gran decepción ¿todo había sido un sueño?   

sábado, 16 de junio de 2012

VERANO DE 1945

¿Por qué verano de 1945? Evidentemente es un año que marcó la historia de la humanidad por un hecho excepcional, el mundo descubrió que una sola bomba podía destruir una población entera; sí, la fuerza atómica fue utilizada por primera vez, y esperemos que sea la única, como arma destructiva en una guerra. En aquel verano yo era muy pequeño y apenas me enteraba de lo que sucedía en ese mundo que para mí era muy limitado, tan exiguo que apenas abarcaba el tranquilo ámbito familiar y el de la clase de párvulos. Pero aquella noticia me impactó, la oí por boca de un tío mío que llegó a la casa y dijo: Los americanos han lanzado una bomba que ha destruido una ciudad entera, se llama la bomba atómica. Ocurrió el 6 de agosto. Meses antes, al final de la primavera de aquel año, los alemanes ya habían sucumbido ante el poder de los aliados.
Ahora, al cabo de tantos años me pregunto: ¿qué sucedía por entonces en una ciudad como Granada que a ojos de un niño parecía tan alejada de aquel terrible conflicto? ¿Acaso las gentes se escondían al ponerse el sol y la urbe se sumía en la oscuridad de unas tenebrosas y negras noches?
Naturalmente yo no recuerdo nada de eso, sino todo lo contrario, los cines de verano, las gentes sentadas en la puerta de sus casas en amenas tertulias mientras los zagales inundaban las placetas y calles con el griterío de sus juegos, especialmente los gratos cánticos de las niñas en torno a la rueda, la comba, la rayuela y tantas otras diversiones con que el mundo infantil agudizaba su ingenio y era fiel seguidor de unas tradiciones por desgracia periclitadas hoy en día.
Todo esto puede ser subjetivo, la experiencia propia no es la de los demás, por eso, queriendo acercarme a una realidad más próxima, y aún sabiendo que la prensa estaba sujeta a la tenaz censura, me he querido acercar a las noticias de aquellos días dada mi afición de ratón de hemerotecas, porque, a pesar de las restricciones informativas, la evidente realidad era la que era y sorprende la vitalidad de un pueblo que quería superar cualquier contrariedad y una ciudad que se remozaba y resplandecía por encima de todo.

Entre los acontecimientos de aquel verano podemos destacar: El arreglo y conversión del antiguo Convento de San Francisco en lo que más tarde se llamó Parador de San Francisco. La inauguración del magnífico teatro de verano Gran Capitán. La inauguración del estupendo Estadio de la Juventud, un polideportivo increíble en aquellas fechas, dotado de gran piscina, frontón, pistas de tenis y baloncesto, campo de fútbol rodeado de pistas de atletismo y carreras, amplia tribuna y gradas de espectadores. La bella y clásica remodelación de la Plaza de Alonso Cano con su correspondiente estatua. Los clásicos conciertos en el Palacio de Carlos V dirigidos por el gran músico Conrado del Campo, semilla de lo que más tarde se convirtió en el Gran Festival de Música. En fin, los anuncios de aquellos tiempos que reflejaban en gran manera el ambiente lúdico de una ciudad.